Ahora, depende de ustedes
Isaac Goodger
Fue como si en ese instante, en ese preciso instante, comenzaba mi propia guerra personal en el ojo del huracán de la otra, la grande, que la rodeaba envolviéndola, pero de la cual una zona indefinible la separaba de ese ciclón tropical.
No podía renunciar a una sin hacerlo también a la otra, ya que ambas eran dependientes. La victoria en una, signaba la victoria en la otra.
En mi guerra personal, las armas eran mis íntimos recursos, aquellos que dependen de mi propio yo, de mi entrega y de mis convicciones. En cambio en la otra guerra, la grande, las armas eran las evidencias y las pruebas, y también las poseía. Sabía qué hacer y cómo, y estaba decidido a llevarlo a cabo, esperando una reacción potente e implacable.
Tenía atrapados a los responsables del segundo mayor atentado criminal cometido en nuestra tierra, el crimen de la impunidad. Si el primero fue el crimen de la explosión y de los escombros, el segundo fue el de la traición y el silencio; se trataba, ni más ni menos, de la impunidad de los asesinos.
Era poseedor de las razones y de las pruebas, y también de los argumentos necesarios para desenmascarar a los responsables de encubrir a los asesinos, después de 20 años en los cuales cientos de víctimas reclamaran justicia, sin descanso. Esas razones y esas pruebas, conformaban mis armas para luchar en la gran guerra, ya que había descubierto que Ricardo Klement no era tal, y a partir de la denuncia que debía presentar al día siguiente, llevar a Otto Eichmann al banquillo de los acusados, para juzgarlo y condenarlo.
Mi guerra personal era más profunda y más íntima. Se trataba de mi vida, de mi orgullo, de mi imagen; de esa persona que busqué ser, de mis éxitos y también de mis fracasos. Mi guerra personal era dar sentido a tanto esfuerzo y fundamentalmente, un mensaje de vida para mis hijas. No iba a dejar que me amedrentaran. Nadie iba a desviar mi camino.
Revisé una y otra vez los argumentos, buscando que en la gran guerra, mi victoria fuese arrolladora. No podía quedar ni un resquicio débil sin fortalecer; ese momento era el que había esperado toda la vida y no lo iba a desperdiciar.
Solo una noche me separaba del momento de enfrentar el escenario que durante años imaginé, y de poner en jaque al poder ominoso, ese oscuro poder embriagado de impunidad. En el fondo, no me preocupaba mi suerte en la gran guerra por sí misma, sino porque a través de una victoria en ella, llegaba al triunfo cierto en mi guerra personal.
El profundo silencio de la víspera de una batalla, acompañó al día más insolente de la semana, en el que fui ajustando los últimos detalles de la puesta en escena del día siguiente, de esa gran batalla que debía dar, mientras que la pequeña reposaba expectante, aguardando la suerte de la primera.
Cuando llamaron a la puerta, mi ansiedad fue mayúscula, pues sabía que llegaba el material prometido, el cual aseguraba mi éxito, afirmando una victoria contundente.
No solo en su mirada, también en sus gestos residía la causa de mi incomodidad; algo no andaba bien, aunque racionalmente concluía que no podía ser de otra manera, en cercanías de ese hecho. Cuando serví el café, noté que su mirada esquivaba la mía, que cada frase que pronunciaba quedaba flotando y rápido se esfumaba, y que sus palabras carecían de fuerza y contenido. Mi comentario sobre el recuerdo del cumpleaños de 15 de Iara, acrecentó en él esa sensación de inquietud. Sin embargo, no sospeché nada, quizás debido a la excitación que producía en mí, recibir esas nuevas armas que iban a asegurar el triunfo del día siguiente.
− Papá, voy a extrañar mucho jugar al Uno con vos, tus chistes, que mires mis fotos y me digas lo que te parecen y que en todos los lugares nos vamos sacando fotos e ir a comer sushi todos los domingos. (*)
− No está durmiendo, hoy no vino a visitarme porque con este tema de preparar la presentación de mañana, prefería estar solo en casa- le contesté ante su pedido de saludar a mamá, otra damnificada junto con mis hijas, de la vorágine de mi vida en estas dos guerras.
−Te voy a extrañar mucho y estoy segura de que no soy la única (*)
Había algo que seguía fuera de lugar, que no vibraba armónico con nuestro encuentro, que desentonaba, y no lograba precisar qué era. - No siempre se vive una víspera de una denuncia pública más importante de la historia de un país - me dije, mientras intentaba calmarme, esperando la entrega de la documentación.
Cuando lo dijo, lo miré a los ojos muy sorprendido y sin capacidad de reacción, porque vi en él una mirada fría y absolutamente desconocida. De pronto comprendí lo que pasaba y sentí miedo. En la mente de un reo condenado a muerte, y en el instante previo a su ejecución, pasan toda su historia como una película a alta velocidad: se junta la infancia con la adultez, los éxitos con los fracasos, los hijos con los padres. Todo se proyecta como una vorágine de imágenes sin solución de continuidad. Iara y Kala.
− Sé que ahora vas a estar en un mejor lugar y en paz, pero siempre vas a estar en mi corazón (*)
No podía resistirme, mi libertad había quedado presa por el café bebido, con el agregado que no presentí, y mi sumisión era total. Mientras me sacaba del living, mi última mirada fue hacia las fotos de Iara, Kala, y de su abuela. La impotencia de no manejar mi cuerpo y no poder resistirme, me llenó de angustia. Ya de rodillas y a través del reflejo del espejo del baño, vi un ser aterrorizado, frio y ciego, que esquivaba la mirada de su víctima. Creí adivinar en él, un pedido anticipado de perdón y compasión.
− Voy a estar todo el tiempo pensando en vos y en lo buena persona que sos (*)
El frío del caño en mi sien y la explosión del disparo fueron simultáneos. Mi guerra personal había terminado y mi victoria fue contundente. La otra guerra, la más grande, se batallará más allá de mí, y el resultado dependerá del compromiso de todos ustedes.
−Te amo papá. Iara (*)
En memoria de Alberto Nisman
(*): Carta póstuma de Iara a su padre.